Viaje a Europa realizado en dic.1996 / enero1997 relatado día por día. Italia, Suiza, Eslovenia, Francia, Vaticano, España.

20.9.04

31-1-97 Roma

1997 Ene. 31 viernes
ROMA. Último día. Nos faltaban ver muchas cosas, cientos. A nuestro juicio 5 de ellas imperdibles. Y salimos como saeta a buscarlas.

En la Plaza de la República tomamos el metro y fuimos directo al Vaticano, otra vez. Uno de esos Rambo Suizo, ataviado como en la edad media, me “advirtió” que yo me encontraba en el Estado del Vaticano y que esa no era la entrada a “La Capella”. No me animé a preguntarle nada más.

Bordeamos la mura exterior y fuimos al encuentro de la obra de arte más grande de los siglos. Queríamos ver LA SIXTINA. Subimos por la Escalera Regia, obra de Bernini, y de vuelta el desborde y la locura. Estábamos dentro de las estancias del Vaticano. Ahí el lujo y el esplendor no tienen ningún limite. Ninguno. Dije NINGUNO. Se empezaron a suceder los salones, obra de los mayores arquitectos del Renacimiento. No cabe nombrarlos. Eran muchos y cada uno era enloquecedor. Son palacios y museos, mandados a construir por los pontífices utilizando lo mejor que había, en materiales y mano de obra artesanal. Son apabullantes. Cada uno te corta la respiración, te mata. Es el precio a pagar, el ablande, para llegar a La Capella.

Pasamos por las CAMARAS DE RAFAEL y vimos La Disputa del Santísimo Sacramento y La Escuela de Atenas, dos famosas pinturas del Maestro de Urbino, pintadas a sus 26 años (murió a los 37, en 1530). Seguimos caminando por la Cámara de Heliodoro, la Cámara del Incendio, la Sala de Constantino, etc. y ya nos queríamos ir, empalagados de tanta grandiosidad, cuando apareció La Sixtina ... !!! Yo no lo podía creer. Nadie lo puede creer. Nadie. Nunca me imaginé estar en la única capilla del mundo que se llama “LA CAPELLA”.

Miguel Ángel estuvo 7 años pintando lo que pintó, solo, comiendo pan, arenques y vino. Es descomunal. No podía creer que El Maestro hubiera vivido ahí 7 años, casi sin bajarse de los andamios. Es un espectáculo aterrador, te fulmina. Vi gente con el cogote duro, mirando el techo y llorando. Parecían estatuas. Es la más excelsa producción artística de todos los tiempos. Son 800 metros cuadrados y alucinantes. El que entra a LA SIXTINA y no pega un grito es porque no está en su sano juicio.

Traté de imaginarme al Buonarotti y a Rafael conversando sobre lo que hacían o tomándose un vino juntos: quisiera haber estado ahí, haciendo de mozo o juntando las migas. Eran locos de toda locura. No hay más así. La Sixtina es una de las cosas más bellas que he visto.

En la parte de abajo de las paredes trabajaron Il Perugino, Luca Signorelli, Roselli, Ghirlandaio, Botticelli, ... lo que pidas. Al Buonarotti le encargaron el techo y la pared del altar. Vi a un tipo disparar un flash contra el techo; los guardias casi se lo comen. Está totalmente prohibido, y la gente que la cuida la protege como a un hijo. Tuvimos suerte de poderla ver. Estuvo cerrada por restauración de 1981 a 1994. Le recobraron los colores originales, oscurecidos por el humo de las velas y los hachones, y por el maldito petróleo de los autos.

No me puedo imaginar la obra de MIGUEL ANGEL. Una amiga de Susana dice que la mano se la dirigía Dios. Dudo sobre eso. Puede que sea así. Salimos de La Capella más chatos que una moneda, con la oscura sensación de haber estado frente a algo tan grandioso como extraño. Algo muy golpeador, algo que todos tendríamos que ver algún día.

Vi muchas veces La Sixtina en libros fotos y televisión. Siempre me parecía magnífica. Bien. Estuve bajo el Dedo de Dios, bajo las Sibilas los Profetas y los angelitos del escultor y el pintor más grande que hubo. Te toca, te perfora. Vi el famoso fresco del Juicio Final. Eso es impresionante. No se puede entender cómo ese loco hizo eso. Volvimos al aire y al sol. Le dijimos adiós al Vaticano y a Su Santidad, que andaría por ahí haciendo sus cosas, y nos tomamos un bus a la Piazza SANTA MARIA MAGGIORE. Ahí bajamos.

Le preguntamos algo a un cura que caminaba la plaza y nos metimos en la iglesia. Es una Basílica del siglo IV, imponente y repleta de cosas para ver, pero veníamos aplastados del Vaticano, y entramos y salimos. La decoración áurea del techo fue realizada con el primer oro traído de América, donado por los Reyes de España. Tiene 40 columnas jónicas para sostener la bóveda. Ya era imposible apreciar lo que atesora Santa María Maggiore.

Salimos de vuelta a respirar un poco de actualidad romana y caminamos unos 400 metros hasta otro imperdible: la Basílica de San Pietro “In Vincoli”. En las callecitas había sol y Roma nos sonreía cálidamente. Estaba cerrada. Eran las 13 y abría a las 15. Veníamos del Vaticano y La Sixtina. Estábamos cansados. Pero seguimos. En la plaza de San Pedro Encadenado vimos a un pobre negro con una guitarra al hombro que casi se lo llevan los carabinieri, por vagancia, por drogas, o por ser negro. Hicimos 200 metros más y nos topamos de frente con la mole: EL COLISEO.

Hacia ahí fuimos. Otro lugar para agarrase la cabeza. El más grandioso anfiteatro de la Roma antigua, de la época de Vespasiano, 79 DC. No podíamos entender cómo coño hicieron para levantar esa bruta mole de piedra. Es monumental, es fantástico. Entramos y me quedé largo rato imaginándome los gladiadores, las fieras, los mártires cristianos, la gente gritando y pidiendo sangre. Estábamos ahí, en “el lugar de los hechos”, como se dice ahora por TV. Las mudas piedras parecían hablar. Sacamos fotos y lo recorrimos por dentro.

Ahí había estado Nerón bajando el pulgar. 10.000 gladiadores juntos peleando contra 11.000 animales feroces en la época de Trajano, para festejar su victoria contra los Dacios. Ahí habían estado los emperadores y toda la gente. Tiene 188 por 156 metros y entran 50.000 personas. Yo trataba que las piedras hablaran, pero no lo conseguí. Salí de ahí obnubilado, con la íntima idea de que ya hace por lo menos 20 siglos que la humanidad está muy loca.

Nos cruzamos al PALATINO. Antes pasamos por el ARCO DE CONSTANTINO, del año 315. Una y otra vez me preguntaba cómo es la vida de los romanos de ahora, que conviven junto a cosas de 20 siglos y ni las miran. Pasan por al lado y siguen, y uno, que viene del “Nuevo Mundo” se para frente a cada cosa y le saca una foto. Claro, en Argentina algo muy antiguo tiene no más de 200 años. En Roma se le agrega un cero y listo. No va a haber problema por un cero de más. Nada para criticarles.

Caminamos por EL PALATINO, pateando piedras de la época de los romanos. Ahí estaban los fabulosos PALACIOS DE LOS CESARES. Es un sembradero de ruinas monumentales. Ahí vivieron los emperadores de Roma, todos ellos. Es una suave colina por donde hoy pasa el viento y ni siquiera la memoria ni el recuerdo. Sólo el viento del invierno de 1997. Fue residencia de los Reyes Godos y de muchos papas y emperadores del Imperio de Occidente. Debe haber andado mucha gente por esas piedras que pisábamos impunemente y que siguen ahí, esperando la próxima lluvia y el próximo pie que las siga tallando. No me animé ni a traerme una piedrita. No pude.

Almorzamos frente al Coliseo, en la Vía dei Fori Imperiali. Yo seguía imaginándome el griterío de la gente y el rugir de las fieras.

Volvimos a SAN PIETRO IN VINCOLI. Y entramos a ver El Moisés. Otra vez el OH! y el estar frente a lo excelso. El famoso MOISES de Miguel Ángel. Está en la nave de la derecha y al fondo, o sea cerca del altar mayor. Es sublime. Es la figura del padre más terrible que uno se pueda imaginar. Vi a un tipo “tirado” en la penumbra de la Basílica, fulminado por el rayo del Maestro: mitad que miraba al Moisés y mitad que se tapaba la cara. Yo hubiera hecho lo mismo. Otra vez el Buonarotti. No se sabe quién le guiaba la mano, no se va a saber nunca, pero si llegara el día del Juicio Final, ese que él pintó en La Sixtina, estoy seguro que va a estar a la diestra del Señor. Buonarotti es el primero. No hay discusión sobre eso.

Luego fuimos a ver las cadenas con las que los romanos ataron a Pedro cuando lo “procesaron” en Roma. Están ahí, a la vista. En la Basílica hay mucho para ver, pero no vimos nada mas. El tiempo no daba. Se iba el día y nos despedíamos de Roma.

Nos quedaba algo y fuimos: la Catedral de Roma y del mundo, SAN JUAN DE LETRAN. Simplemente grandiosa. Cruz latina, 5 naves, llena de reliquias, de obras de arte, y de historia de siglos. Hay muchos Papas enterrados ahí, con monumentos impresionantes. Hemos visto terciopelo que no era terciopelo, era mármol. Debajo del altar mayor conservan las cabezas de Pablo y Pedro. También ahí pasamos al vuelo. Habremos estado media hora dentro. El cansancio y todo el día nos habían extenuado. Estábamos a unas 10 cuadras del hotel y nos tomamos el metro. Los pies eran dos inmensos flanes.
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