Viaje a Europa realizado en dic.1996 / enero1997 relatado día por día. Italia, Suiza, Eslovenia, Francia, Vaticano, España.

27.9.04

14-1-97 Casardomato - Vigo - Carreira

1997 Ene.14 martes
De Orense a CASARDOMATO, la vieja aldea de Elvira. Hay que ir en auto porque no queda otra. Está en el camino que va de Orense a Vigo y Pontevedra. Antes de la bifurcacion del camino, a derecha, hay un pequeño cartel que dice “Casardomato”. Hay que apartar el auto y parar. Hacer unos 200 metros y doblar a derecha. Se entra por una estrecha senda de casas de piedra y de siglos.

Yo estaba conmocionado. Empezaba a caminar la aldea de Elvira, 100 años después. Ahí toqué el cielo con las manos. Está todo tal cual estaba. Unas no más de 100 casas, de piedra y tejas, entre las montañas gallegas. No salió nadie en toda la aldea. Estarían en el campo o dentro de las casas, al amparo del intenso frío.

Andábamos con el auto muy despacito, al paso del caminar, pisando suelo sagrado. El moderno Opel Corsa con el que andábamos iba por pavimento de piedra y de siglos. Yo manejaba y estaba loco, muy loco... y muy callado. Eran las 10 de la mañana del 14 de enero de 1997, las 6 de la mañana hora de Argentina.

Llevaba el auto en primera. Quería... no sé qué quería... años pensando en llegar a esa aldea... Estabamos en CASARDOMATO, la aldea de la gallega. De a ratos le decía a Susana: “De aquí salió mi abuela... de aquí salió la gallega...”.

Y anduvimos Casardomato, bordeando sendas para carro, entre paredes de piedra muy antiguas. No salía nadie. A unos 500 metros y ya en el fin de la aldea paré el auto y bajamos. Empezamos a caminar los senderos y a buscar la casa. Yo llevaba fotos que me había enviado Mercedes en el año 84. Con las fotos en la mano buscaba ansiosamente la casita de mi abuela. No la podía encontrar.

Caminábamos por increíbles senderos de piedra con caídas de agua que vertían aquí y allá. Senderos de siglos que serpenteaban, con casas a cada lado, a 3 metros una de otra. Vimos una vertiente de agua con piletón de piedra para lavar la ropa. Y seguíamos andando la aldea. Ahí nomás reconocí la casa de los Vázquez.

El frío era interminable y la emoción más grande que el frío. El piletón estaba ahí, a la vuelta de 3 o 4 casas, donde seguramente lavan ropa desde hace 200 años. LA CASA DE LA GALLEGA ! -No podía creer estar ahí. Tocaba las piedras y no lo podía creer. Tocaba el cielo con las manos y tampoco lo podía creer. La casa de mi abuela allá en Galicia !. Al fin la había encontrado.

Me metí dando una vuelta por otra casa lindera y entré. Eran ruinas. Yo lo sabía. Me lo habían dicho mis parientes de Irún y de Orense, así que estaba enterado. No vive ahí más nadie. Ya no importa eso. Acaricié las paredes de piedra y volví al camino, a la parte de arriba, porque ahí todo va en pendiente. Y me quedé pegado a la pared de piedra, ahí parado y mirando. No sabía qué hacer. Estaba como tonto, boludo. Eran minutos interminables. Me hicieron bien. Muy pero muy bien. Ya ni sé lo que pensaba.

De regreso a Argentina me pregunté muchas veces qué pensaba yo ahí, pegado a esas paredes de piedra... no lo supe, no lo puedo saber. Quedó para el buen olvido. Fueron 5 minutos.

Estaba en un rincón de Galicia, viendo y tocando lo que siempre quise tocar y ver. Y sentía un agradecimiento enorme hacia esa chiquita que un día salió de ahí a sus 17 años para nunca más volver. Esa gallega era mi abuela Elvira, la que me hablaba de Las Burgas, el Santo Cristo, el Viejo Puente, y la aldea.

Una vecina muy amable nos hizo pasar a tomar un café. Yo no sabía cómo explicarle que qué estaba haciendo ahí, pero me entendió. Es la señora Pilar Muñoz Villamarín, nacida y criada en la Aldea de Casardomato, de unos 55 años. Esa señora había conocido a algunos hermanos de Elvira: a Genoveva y a Manuela. Ella era chiquita cuando la señora Genoveva ya era vieja. Vive a escasos 4 metros de la casa de la gallega.

Esa señora nos mostró su “finca”, casa de aldea: Los bajos son para los animales y la bodega, y los altos para la gente. Piedra y piedra. Nos contó de sus dos hijos, casados y ya marchados. Vimos sus dos chanchos (“el janao”), que viven a cuerpo de rey, sus gallinas y sus jamones y bodega. Mostraba eso como quien muestra un tesoro. Me saqué fotos junto a Pilar y a esos jamones colgando de las vigas. Había que bajar la cabeza para entrar. A un costado, en el piso de tierra, vi un fuego encendido para ahumar. Y un deposito de maíces y de cosas de labranza. Todo eso a pocos metros de la casa de la gallega. Todo eso como hace 100 años.

Salimos al frío y a desandar la aldea buscando el auto, que había quedado allá arriba. Antes de irme le pegué una suave piña a la vieja casa de piedra y dije... “Chau Elvira”. Estaba agradecido, loco, emocionado. Era todo lo que quería conocer en Europa. Para eso había viajado, solo para eso. Todo lo demás venía de regalo.

Me traje unas tejas de la vieja y ahora abandonada casa donde mi abuela había nacido y jugado. Y una piedra y un pedazo de fierro. Tenía que traerme algo. Fueron las cosas más lindas que me traje de Europa. Había ido a buscar eso. (Uno a veces se pone muy tarado).

Fuimos hasta la iglesia de SANTA CRUZ DE ARRABALDO, bordeamos el cementerio, dimos unas vueltas por ahí. Ahí estaba todo lo que siempre quise ver. Ya lo había visto y marchamos.

Se me hace difícil pensar en esa extraña amalgama de lo antiguo y lo nuevo que hay en Galicia. Y en tantos otros lugares de la vieja Europa. Hay una buena combinación de lo viejo y lo moderno.

Seguimos para VIGO y subimos al Castro. Desde ahí arriba se contempla toda la inmensa Bahía de Vigo. Es una ciudad potente e industrial. Luego PONTEVEDRA, y bordeando Padrón entramos hacia el oeste, con dirección a SANTA EUGENIA DE RIVEIRA.

En la carretera paramos a almorzar en una taberna: cachelos con surelos, y un vino violeta y casero que manchaba lo que tocaba. Era para pintar. Nos atendieron muy bien. El gallego había vivido un tiempo en Buenos Aires. Trabajaba en una panadería. En Galicia no hay casi nadie que no tenga parientes en Argentina.

No puedo contar todo. Se harían cientos de páginas. Desde el comienzo al final el relato es a vuelo de pájaro. Santa Eugenia, Aguiño, y CARREIRA, la aldea de Pepe, mi abuelo paterno, por quien llevo mi apellido.

Paramos en casa de María García Dios y Antonio Ceide Vilar, dos parientes, dos hermosas personas. La madre de María era prima hermana de papá. Dormimos ahí, en la casa donde nació mi abuelo, el gallego Vidal, a quien no pude conocer. Cenamos la rica comida de María: pescados, cangrejos, y de todo. Fuimos a la casa de Tucho el hermano de María y de Hermitas, en Aguiño. Estaba en la mar.

No nos querían dejar ir. Yo estaba con un resfrío atroz y afuera la temperatura se hacía sentir. Me calenté la espalda en los leños que ella prendió, en el estar de su casa. Vimos fotos de familia: ahí estaba mi abuelo José, y muchos otros familiares. Hasta había una foto mía de hace mares de años. Gracias María y Antonio. En un solo día conocí las aldeas de dos de mis abuelos.

Ya era mucho para mi. Era demasiado. Nos dieron habitación en la planta alta y me dormí como un angelito.
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